Misceláneas del gran Congreso de Tucumán

Esta nota está redactada por nuestro columnista invitado: Abel Luis Eduardo Novillo, escritor, que goza de reconomiento nacional e internacional.

«Miscelánas del gran Congreso de Tucumán»

A través de los años, desde el mes de mayo de 1810, hasta que se formalizó el Congreso de Tucumán en marzo de 1816, las ideas políticas y las filosofías organizativas de los principales conductores de lo que fuera el Virreinato del Río de la Plata y luego la Provincias Unidas del Río de la Plata, fueron cambiando dinámicamente de manera radical y los juramentos de lealtad al <amado> Rey Fernando VII fue quedando atrás en el tiempo, como una expresión exclusiva de los habitantes ultra españolistas, muy pocos por cierto.

En Efecto, esta expresión de sumisión al lejano monarca pasaron, junto con ese tiempo señalado, a ser solamente una quimérica voluntad de un minúsculo grupo de pobladores españolistas y monárquicos, frente a una gran mayoría que, harta seguramente de haber desempeñado durante tantos años su rol de vasallos de segunda categoría y haber sufrido permanente indiferencia de los distintos reinados ibéricos hacía esta recóndita parte del mundo, de pronto, como si dijera, a través de esos casi seis años, en que la población comprendió que podía gobernase a sí misma, cambiaron radicalmente sus lealtades y armas de por medio, especialmente por las trascendentes batallas de Tucumán y Salta, ratificada por la vocación expresa de la célebre Asamblea del año 1813.

Por su parte, el Triunvirato en 1812, ante la victoria de la Batalla de Tucumán, el 24 de septiembre de tal año, oportunamente rechazó la intencionalidad , de las pretensiones de la avasallante princesa Carlota Joaquina, de regir a este enorme territorio, produciéndose entonces la circunstancia transcendental de la unión de la mayoría de las Provincias, que, tras mandato del señor Director Supremo Interino, Dn. Ignacio Alvarez (reemplazaba al Gra. José Rondeau) (1) que, con posteridad a la redacción del pertinente Estatuto de 1815, que establecía la constitución de un Congreso que se realizaría con diputados representantes de las distintas provincias (como se sabe, no todas aceptaron tal constitución y, consecuentemente, no todas estuvieron representadas en el célebre Congreso de Tucumán) (2)

También debió tener importante influencia en los pensamientos políticos de los conductores de esos años del ex Virreinato del Río de la Plata, la circunstancia de la desaparición, como amenaza pública internacional, de la nefasta figura belicista de Napoleón Bonaparte. Ya encarcelado desde el año 1815 en la isla de Santa Elena.

Pero en la miscelánea doméstica de este célebre Congreso, o sea en el asunto expreso de esa monografia, que creo que así podría denominársela, no trascendió sin embargo, o al menos este redactor no encontró, referencias documentales válidas y creíbles respecto de los verdaderos apuros que se habrían visto las autoridades de la pequeña San Miguel del Tucumán de esos momentos, con la célebre figura de don Bernabé Aráoz a la cabeza, para alojar debidamente a tantos importantes personajes, como lo representaban los señores diputados y sus respectivas comitivas, algo que por cierto, no puede pasar inadvertido al simple sentido común y que sí, sin embargo, pasó irreverentemente desapercibida su importancia posterior.

Precisamente, la enorme trascendencia de los actos intrínsecos que revestía la actividad de este Congreso, postergó a segundo orden los difíciles malabarismos que debieron ejecutar sus organizadores locales para lograr instalar debida y honorablemente a tantos huéspedes de primer nivel y a sus respectivas comitivas en nuestra pequeña ciudad, por entonces empobrecida por tantos años de aportar sus bienes y sus hijos a la guerra emancipadora.

En efecto, si se tiene en cuenta cada diputado, a excepción de los sacerdotes, obviamente, concurría con su respectiva familia, compuesta por lo menos por dos hijos, su esposa, y seguramente con algún secretario o escribiente, además de los esclavos de su servicio personal, no puede escapar al simple observador los grandes problemas de alojamiento que debieron suscitar.

En el caso de los sacerdotes es posible que se hospedaran en los conventos San Francisco o Santo Domingo o acaso en La Merced, sin que ello creara mayores problemas.

Por ese mismo año de 1816 la población de San Miguel de Tucumán y de su cercana periferia se estimaba en 5000/5500 habitantes y que se conozca, no poseía hotelería o pensiones, o alojamientos dignos, o al menos de cierta categoría, salvo las características fondas- postas a las entradas y salidas de la ciudad, que más prestaban servicios como lugares donde los viajeros tomaban algún refrigerio, (al decir actual), o donde además, se intercambiaban cabalgaduras, tanto las de monta como las de tiro, y que quizás, en último termino, poseerían algún cartucho de ínfima calidad. Pero de cualquier manera, uno solo y de malas condiciones de habitabilidad.

Por cierto, se trataría de un lugar por demás promiscuo, especialmente referido a las necesidades fisiológicas de las personas, especialmente desde el punto de vista femenino y no adaptable bajo ningún concepto para cumplir roles de hotelería digna.

Descartados tales inmuebles, en consecuencia, solamente cabe pensar en los hospedajes particulares, en las casas de familias y, aun en estos casos en las más importantes, en la que estuvieran debidamente dotadas para cumplir tales roles, que por cierto, no debían ser muchas.

Debe asumirse que los señores diputados concurrían, desde sus lejanos orígenes, en algunos casos, con sus propios carruajes, o con sus propias cabalgaduras de montar, lo cual imponía, además del hospedaje humano, la habilitación de los debidos corrales cercanos, o en las mismas casas incluso, con la improvisación de los pesebres pertinentes.

Con seguridad que el propio gobierno no poseería lugares aptos para tales propósitos, y por cierto, realmente no tendría sentido que los poseyera, especialmente el referido al hospedaje para personas caracteristizadas, o al menos, no tantas plazas.

Resultaba una costumbre en esos años, en las familias pudientes, en el mundo entero, en las llamadas familias <bien>, poseer una habitación de huéspedes, elemento que en realidad cumplía diversos roles muy importantes, no solamente el de su destino especifico suponible, como podría ser el de albergar algún visitante, sino también servia como lugar para que el huésped tomase un reconfortante baño de tina, ayudado por los sirvientes de la casa, para lo que estaban debidamente entrenados, además de lidiar también con la tarea de deshacerse de las aguas servidas, luego de abrir el << pitoque>> pertinente para desvaciar el armatoste.

Pero, lo más importante, esas habitaciones de huéspedes servían también para los invitados, transitorios o temporales, como lugar para sus necesidades fisiológicas, si tenemos en cuenta que por esos años aún no existían nuestros comodísimos cuartos de baños particulares.

De allí que en otras casas, que no tuvieran esas salvadoras habitaciones de huéspedes, no resultaba de buen gusto ni de buena educación solicitar <<pasar>> al baño, ya que este no existía como tal, salvo las visitas de extremas confianza que, en caso de necesidad imperiosa, pasaban al dormitorio de algún miembro de la familia.

Por esos lejanos tiempos, lo que hoy llamamos baño, estaba en las mismas habitaciones de las personas, en prácticas <<peleas>>, debidamente <<vestidas>>, que el personal de servicio se encargaba, con el oportunismo necesario, de mantenerlas higienizadas, siendo común también la existencia del toilette, con el triolet de espejos rebatibles, la mesada de mármol, la jofaina y el gran jarrón de agua, lo mismo que la enorme tina, para los baños de inmersión, que se introducía a la habitación cuando se requería su uso.

No cuesta entonces mucho esfuerzo hacerse una aproximada idea, de lo difícil que debió resultar, para los organizadores locales congeniar esos detalles domésticos, tan importantes como imprescindibles para la realización del gran Congreso de Tucumán, esfuerzos que lamentablemente no encontraron en su momento generacional una pluma amable de algún cronista o historiador de esos mismos momentos, o acaso del siglo XX y que trascendiera históricamente los complicados intríngulis de esa difícil organización ya que, por haber estado vivenciando más de cerca en el tiempo esos importantes sucesos, habría logrado referencias que al día de hoy se consideran irrecuperables, lamentablemente.

Por el contrario, hoy carecemos de esos mínimos detalles tan importantes de los esfuerzos que debieron realizar nuestros hermanos organizadores para encontrar el debido y apropiado alojamiento, para tantas personas de relevante importancia, como así también para sus esposas, hijos, secretarios, esclavos o personal de servicio.

A excepción de los sacerdotes, todos los demás señores Congresales seguramente vendrían acompañados de su séquito familiar, si se tiene en cuenta que las expectativas de permanencia en San Miguel de Tucumán superaban con creces los seis meses.

Quizás, historiográficamente este tema, en su momento, se habría considerado de segundo orden, o más aun, se lo vería intrascendente e indigno de investigación, o de simple crónica; pero hoy nos interesaría conocer la verdadera solución que se le dio en esos momentos a tan obvia y complicada problemática que, para colmo, se habría de mantener durante once meses latente en nuestra por entonces, pequeña ciudad.

Hoy sería de mucha utilidad para los actuales historiadores o genealogistas conocer los nombres de los abnegados dueños de esas casas generosas y salvadoras y también conocer sus ubicaciones exactas, en las que finalmente, con enorme sacrificio de sus propietarios, se albergaron los ilustres visitantes, ya que en muchos casos sus descendientes, bisnietos, tataranietos y más, de varias generaciones posteriores, posiblemente, aún son vecinos de la ciudad y quizás, ni ellos mismos conocen el importante protagonismo que en ese año 1816 les cupiera a sus antepasados.

Abel Novillo

Sobre el escritor: Nació el 23 de octubre de 1937, tiene publicado en la actualidad 22 libros, en su mayoría novelas históricas, goza de numerosas distinciones y premios, distinguido en el senado de la nación en 1995 por su aporte a la cultura.

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