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«Operación Secta Sociedad Anónima», el operativo policial para desbaratar el culto EYBA

La Policía Federal Argentina hizo 50 allanamientos en simultánea contra una organización internacional criminal, disfrazada de culto, en Villa Crespo, Belgrano, en un country en Zona Norte y en el Aeropuerto de Ezeiza.

24 personas fueron detenidas, 3 de las cuales en el Aeropuerto de Ezeiza, cuando estaban por salir del país, con la acusación de trata de personas agravada por coerción, hurto, lavado de activos, asociación ilícita, ejercicio ilegal de la medicina, expendio irregular de medicamentos y tráfico de influencias.

El impactante operativo de la PFA. Foto: Clarín

En los allanamientos fueron secuestrados 1 millón de dólares en efectivo, 2 millones de pesos, libras esterlinas, euros, y material pornográfico, juguetes sexuales, títulos de propiedad, y una camioneta de alta gama Ford Bronco.

La organización criminal llevaba décadas en un negocio multimillonario, les dejaba ganancias de hasta 500.000 dólares por mes.

Todo estaba realizado encubierto, disfrazado de un culto que fingía profesar amor, paz y busqueda espiritual, una vez que los nuevos adeptos eran alejados de sus familias, manipulados mentalmente, eran explotados sexualmente, reducidos a la servidumbre.

La «Operación Secta Sociedad Anónima», logró cortar la cabeza de la organización, que se ocultaba, principalmente en la Escuela de Yoga de Buenos Aires (EYBA), pero sus ramificaciones o tentáculos, se extendían desde Argentina hasta los Estados Unidos, en agencias inmobiliarias, consultorías financieras, y lavado de dinero.

Parte del material secuestrado por la PFA. Foto: Clarín

Según la investigación, el líder, Juan Percowicz, un hombre de 84 años de edad, quien fue detenido el pasado viernes, una especie de mesías autoproclamado, al que se hacía llamar «Papi» o «Maestro», él lideraba a todas las decisiones en la organización que contaba más de 1.500 miembros.

EYBA servía, desde 2004, para captar nuevos adeptos, con el objetivo de reducirlos en una situación de servidumbre, manipulados con drogas, las chicas explotadas sexualmente, eran nombradas como «geishas»y hasta 10.000 dólares de cuota para poder «adorar al líder».

La camioneta Ford Bronco secuestrada en un country de Zona Norte. Foto: Clarín.

El activista Pablo Salum, denuncia que la secta opera desde antes del 2004, él y su familia habían sido captados en los años 80, cuando recién arrancaba la EYBA.

El mismo Percowicz los había captado, con la promesa de curar un dolor crónico que padecía la mamá de Pablo.

Salum pudo escaparse cuando tenia 13, luego de torturas y humillaciones recibidas durante años.

El activista no se diò por vencido y por años trató de desmantelar la secta y rescatar a su mamá, su hermana y a su hermano que habían quedado en el culto.

Para la fiscalía, esa meta de una «elevación espiritual «, junto con los mecanismos de persuasión y coerción psicológica empleados fueron los que permitieron someter de tal manera a los alumnos hasta llegar a situaciones «perversas y contrarias a la libertad y la dignidad de cualquier ser humano».

Los adeptos, que solían ser demasiado críticos hacia el sistema del culto, eran drogados y alcoholizados por días, para mantenerlos alejados de sus familias, manipularlos y lograr romper su fuerza de voluntad. Este «tratamiento» venía llamado «cura» para el insomnio o para las adicciones.

Lograban captar clientes, no solo argentinos, también desde Uruguay y Estados Unidos.

Para captar nuevos adeptos, tenían un «consultorio médico» en el CMI Abasto, en la calle Guardia Vieja al 4.000.

Una vez atrapados en la clínica era más fácil cortar los lazos con sus amigos y familiares.

En los viajes al exterior, según la investigación, aprovechaban para contrabandear psicofármacos y antidepresivos en las valijas de los miembros, utilizados también para sacar divisas del país.

Las iniciadas al culto eran entrenadas para ser esclavas sexuales, principalmente eran utilizadas para recaudar fondos, pero también tenía un fin estratégico, ya que algunos de los clientes eran personas influyentes que podían garantizarles protección a la organización.

Las víctimas no eran conscientes de su situación de esclavitud sexual, ya que, en la mayor parte de los casos, fueron sus familias a entregarlas a la secta, desde temprana edad, por lo tanto, crecieron en un ambiente, donde adorar al líder era algo normal.

Fuente: Clarín

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